Como siempre, llega el fin de año, las promesas incumplidas, un nuevo calendario en la pared, nuevas ideas, nuevas expectativas, proyectos y, sin embargo, todos acabamos continuando aquello que empezamos hace ya mucho mucho tiempo y que nunca nos ha dado por finalizar.
La gran promesa de este año terminar la decoracion de mi casa, o me pondré con aquel libro que nunca terminé y del que sólo escribimos tres capítulos (algunos sólo tienen la idea en la cabeza), dejaré aquel vicio tan feo o perderé unos kilitos de más. El único motivo que tiene para ello es que llega el 31 de diciembre y que el día siguiente es el día 1 de enero, que solamente suma un número más en el año. El resto de la vida sigue igual: tienes que volver al trabajo, a los estudios, continúas en el mismo sitio que hace unas horas y no has hecho nada por ese régimen o en la eliminación del hábito que te está perjudicando. La excusa perfecta es que mañana empiezo, y, por supuesto, aquello que te hizo decir eso en voz alta a penas hace doce horas, se ha esfumado como el humo de la candela cuando se apaga.
Por lo tanto, yo voy a hacer lo de todos los años, no prometer nada de nada, porque mi año nuevo no empieza el día uno de enero, sino más bien un poco ya avanzado el verano, porque me niego a prometerme cosas a mí misma que no voy a cumplir y a engañarme con promesas de una nueva vida, por la que ni siquiera me voy a esforzar en conseguir.
Los deseos son así ¿verdad?, algo que esperas que se cumpla o que venga solo, que un día te llamen por teléfono, toque tu timbre o te lo encuentres por la calle sin ni siquiera haberte preocupado por buscarlo. ¿Cuánta gente ha perdido oportunidades por no querer mirar?
Este año he hecho lo mismo que los anteriores, intentar ser lo más feliz que he podido, he realizado hazañas arriesgándome lo menos posible y, cosas de la vida, me ha salido bien. Ya hace casi dos meses que vivo nuevamnete sola sin casi recursos, lo siguiente fue tener una pareja todo ha salido bien, demasiado, tanto que todavía no me lo creo.
Ciertamente me gusta meterme en berenjenales, como dice mi madre, tras terminar de organizar todo aquello dejó de gustarme mi casa, aquella a la que me había ido a vivir y que estaba a gusto de todos los inquilinos que habían habitado en ella, al principio me conformaba con ello, pero decidí dar una vuelta más de tuerca y cambiarlo todo. Pero ¿cómo? No contaba con efectivo para tanta reformas, menos aún con ganas de buscar y buscar para encontrar algo que medianamente me convencía para colocar, y como siempre pensé en algo que me decía mi madre cuando le pedía algo: “Si no tengo ¿Qué hago? ¡Lo pinto!” Esa era la respuesta, pintarlo o crearlo de la nada, algo de alambre, un poco de pintura, retales de tela, una máquina de coser, visitas a las tiendas de saldo para buscar algo que pudiera transformar y muy poco dinero, era con todo lo que contaba. Así que me puse manos a la obra. Nada de cuadros caros para decorar, posters de películas, firmadas por sus directores o no, cuadros pintados por mi, rosas secas (que ahora estoy pintando y que yo misma transformé en algo un poca más duradero que lo efímero), retales de cortinas y restos que tenía mi abuela, sábanas bajeras de color oscuro que no utilizo, algo de hilo y alambres, ahora no parece lo que son realmente.
Hace poco me sentía como Alicia en el jardín de la reina de corazones, cuando pintaba las rosas de otro color, Eduardo manostijeras convirtiendo algo sin formas y soso en otra cosa diferente y sacando sus formas,… Aunque también me he sentido como un científico loco inventando y cavilando cómo hacer esto o aquello de forma original. Pronto seré un pintor de vidrieras que busca las formas y el color en un anodino cristal traslúcido o un carpintero que hace un mueble de encargo. ¿Quién sabe?
El caso es que este es mi cometido desde hace unos meses, no va a terminar con el fin de año, no me voy a prometer correr para acabarlo lo antes posible, no me daré bulla por verlo todo listo. No hay tiempo, y tampoco se consigue nada corriendo, sólo que nada salga a tu gusto.
Aunque puedo decir lo que me espera este año: seguir con mi vida de siempre, estudiar mucho, entretenerme lo mejor que sepa, seguir inventando cosas, restaurar todo lo que se me antoje, buscaré cosas nuevas, no me lamentaré de no llevar una vida a todo lujo, me esforzaré por ser feliz y hacer feliz a los que me rodean y, sobre todo, no voy a hacer promesas incoherentes con mi forma de ser, quedarme sentada en un sofá esperando que la buena fortuna toque a mi puerta, buscaré mis propias oportunidades y, sobre todo, llevaré mi vida como mejor me parezca, aunque eso me cause berrinches y se me haga cuesta arriba de vez en cuando.
No puedo prometer no cambiar, seguir una forma de vida premeditada, conformarme, no pelear por lo que creo, vivir conforme dictan los demás, ponerme al día con los cotilleos, o dejar de escribir, aunque ahora lo haga muy de vez en cuando. Mi esencia no cambia, pero el olor de puede variar dependiendo del viento que guíe mi vela en ese momento.
Para los que si lo celebran, feliz año nuevo, para los que no, que continúen como hasta ahora, o no, y, para el resto, nos seguiremos viendo por estos lugares recónditos del multiverso, aunque sea de tarde en tarde.