lunes, 19 de abril de 2010

FE DE ERRATAS

Todo lo hace aire a una vela encendida: un secreto que se entrega sin ser pedido le hace aire; los días felices, entre mas ajenos, le hacen aire, una mirada indiscreta, una explicaciòn sin sentido, una palabra mal escrita, un reptil, un limón, la distancia: todo le hace aire a esta vela encendida.



Los amantes están para aniquilarse. Van de la mano para decirle al mundo que se despiden, se ven a los ojos para descubrirse ojivas nucleares y repiten versos de amor, el uno al otro, para que tenga sentido el acto de la separación. Los amantes visten de luz mientras se puede, y después apagan su circo sin hacer ruido (para evitar la vergüenza),, cuando los caballos y los perros amaestrados y los elefantes y los tigres y el payaso duermen.



Todo le hace aire a una vela encendida: aquellos gatos, el recuerdo de un tapiz; un retoño de hiedra, una mesa de tres patas; los momentos idiotas que nadie mete en currículos y mucho menos en biografías; el olfato del que ya no te toca. Todo le hace aire mientras dure la cera, en tanto tenga vida el pabilo.

Nadie habla de pajaros encerrado en un cuarto. Nadie llora cuando va por el parque.



¿Quien celebra la casualidad de encontrarse? Los amantes, ¿Porque entonces se esconden las llaves?

El amor receta enfermedades; los amantes son el primer estornudo.



Todo le hace aire a una vela encendida. Esta sopa y el pica dientes, el cigarro que sacudo furiosa y la ceniza que se separación rabia; aquella película que nos gusta a los dos, el rostro de la niña que me observa, la gente hermosa de los autos. y los feos que están afuera, los minutos con los perros, el sol que cae con los tequilas y la cerveza.

Todo le hace aire, y mas tu cuando respiras.

La metástasis se vuelve una costumbre.
Ayer vivía una fe de erratas. Hoy la escribo.

martes, 6 de abril de 2010

Pensamientos en el vuelo....


Hay ideas que han persistido en mi cuerpo durante años. Una fundamental: en el cielo oscuro y diáfano las estrellas aparecen no sólo porque tengan luz y un sitio específico en el cosmos, sino para trazar también líneas entre unas y otras y, desde luego, para acercarnos la noche, como dice Heidegger. Así, es inevitable suponer que cada estrella es un punto lumínico vinculado con los demás puntos luminosos. En su aparente letargo, se agazapa una parte de la infinitud, sin calidad de apariencia. Cada ser humano puede diseñar un trazado, de estrella en estrella, único y muy remotamente repetible.


Pero la trama que las estrellas mismas disponen es un estupendo dibujo que cambia de manera permanente; es decir, no hay un tiempo específico de una modificación a otra: es una metamorfosis simultánea. En todo caso, esa perpetuidad móvil va devorando la temporalidad.


El otro podría ser: la aparición del croquis lumínico es hacernos presente, en realidad, el cosmos. No debiéramos viajar hacia él si ya un rostro de la inmensidad lo trajo a nuestra mirada. Y el astro que habitamos forma parte del mismo tramado que vemos, pero desde una mirada que nos incluye: la visión del pensamiento de la persona que observa la noche estrellada.


Dicha visión de las ideas encuentra un compartimento en el corazón del pensar, allí donde es posible suponer que la comarca que habitamos, este país, este mundo, este universo, este sistema de galaxias, o esta localidad llamada Puerto Vallarta, vienen hacia nosotros de manera constante, pero nosotros vamos siempre hacia ellas también. Sé muy bien que la comarca, en sí, no puede pretender nada: su forma de existir es el silencio, un silencio que podemos oír porque guarda algo. Cada cosa, una amapola, una estrella, un gato, una luna, un árbol, la noche, un rostro, o una manzana, guardan en silencio su ser, su cosidad diría Heidegger, silencio que escuchan, en principio, los artistas y los filósofos.


La palabra es, por su origen, una acción: nombrar. Pero antes de la denominación, fue necesario escuchar el silencio que abriga el ser de las cosas, para percatarse de ellas, imposibilitadas de nombrarse a sí mismas. Fue tácito entonces que a uno, entre la multiplicidad de miembros de la comarca, le fuera otorgada la función de oír el silencio y nombrarlo: amapola, leopardo, árbol, montaña, nube, cielo, noche, estrella, Vía Láctea, Caciopea. Y al nombrarlas, entabla relaciones entre ellas.


Sin embargo, en algún momento del camino olvidamos el acuerdo tácito, supusimos la palabra como instrumento propio, negando su origen, traicionándolo, y convertimos el nombrar en espada, arcabuz, rifle, metralleta, misil, bomba de neutrones, barco carguero, avión, satélite, taladro, grúa. Bajo tal pretexto, vamos al cosmos y pretendemos trascenderlo, haciendo el ridículo. Así, nos convertimos en puntos oscuros del no retorno.


Andamos extraviados desde hace varios siglos, muy distantes del corazón, del pensamiento. Y empeñados en depredar la comarca, es decir, a nosotros mismos. •