martes, 6 de abril de 2010

Pensamientos en el vuelo....


Hay ideas que han persistido en mi cuerpo durante años. Una fundamental: en el cielo oscuro y diáfano las estrellas aparecen no sólo porque tengan luz y un sitio específico en el cosmos, sino para trazar también líneas entre unas y otras y, desde luego, para acercarnos la noche, como dice Heidegger. Así, es inevitable suponer que cada estrella es un punto lumínico vinculado con los demás puntos luminosos. En su aparente letargo, se agazapa una parte de la infinitud, sin calidad de apariencia. Cada ser humano puede diseñar un trazado, de estrella en estrella, único y muy remotamente repetible.


Pero la trama que las estrellas mismas disponen es un estupendo dibujo que cambia de manera permanente; es decir, no hay un tiempo específico de una modificación a otra: es una metamorfosis simultánea. En todo caso, esa perpetuidad móvil va devorando la temporalidad.


El otro podría ser: la aparición del croquis lumínico es hacernos presente, en realidad, el cosmos. No debiéramos viajar hacia él si ya un rostro de la inmensidad lo trajo a nuestra mirada. Y el astro que habitamos forma parte del mismo tramado que vemos, pero desde una mirada que nos incluye: la visión del pensamiento de la persona que observa la noche estrellada.


Dicha visión de las ideas encuentra un compartimento en el corazón del pensar, allí donde es posible suponer que la comarca que habitamos, este país, este mundo, este universo, este sistema de galaxias, o esta localidad llamada Puerto Vallarta, vienen hacia nosotros de manera constante, pero nosotros vamos siempre hacia ellas también. Sé muy bien que la comarca, en sí, no puede pretender nada: su forma de existir es el silencio, un silencio que podemos oír porque guarda algo. Cada cosa, una amapola, una estrella, un gato, una luna, un árbol, la noche, un rostro, o una manzana, guardan en silencio su ser, su cosidad diría Heidegger, silencio que escuchan, en principio, los artistas y los filósofos.


La palabra es, por su origen, una acción: nombrar. Pero antes de la denominación, fue necesario escuchar el silencio que abriga el ser de las cosas, para percatarse de ellas, imposibilitadas de nombrarse a sí mismas. Fue tácito entonces que a uno, entre la multiplicidad de miembros de la comarca, le fuera otorgada la función de oír el silencio y nombrarlo: amapola, leopardo, árbol, montaña, nube, cielo, noche, estrella, Vía Láctea, Caciopea. Y al nombrarlas, entabla relaciones entre ellas.


Sin embargo, en algún momento del camino olvidamos el acuerdo tácito, supusimos la palabra como instrumento propio, negando su origen, traicionándolo, y convertimos el nombrar en espada, arcabuz, rifle, metralleta, misil, bomba de neutrones, barco carguero, avión, satélite, taladro, grúa. Bajo tal pretexto, vamos al cosmos y pretendemos trascenderlo, haciendo el ridículo. Así, nos convertimos en puntos oscuros del no retorno.


Andamos extraviados desde hace varios siglos, muy distantes del corazón, del pensamiento. Y empeñados en depredar la comarca, es decir, a nosotros mismos. •

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