domingo, 30 de agosto de 2009

Un sorpresivo encuentro en una tarde lluviosa...

La tarde estaba lluviosa, despues de un fallido intento por recorrer el campo a caballo, subi a mi auto, y conduje hasta el pueblo entre en una tienda la cual hace tiempo no visitaba, Don Juan, el viejo tendero se sorprendio al verme entrar - niña Bibiana, hace tiempo que no venia por estos lugares- dijo : mira nada mas lo que trajo la lluvia, pero si de niña ya solo queda el recuerdo pues ya estas echa una mujer muchachita, pero dime donde habías estado todo este tiempo, la ultima vez que te vi eras una cabrita que corria de aqui para alla .
recordo las multiples ocaciones en las que entraba corriendo a su tienda a comprar los dulces de leche que tanto me gustan.

Aquel viejo no paraba de recordarme lo traviesa que fui durante mi infancia , en tan solo 20 minutos de conversacion recordo mi infancia hasta mis primeros años de juventud. le agredeci, compre los dulces y me despedi con una sonrisa y la promesa de regresar pronto.

salí de aquella tienda sonriendo, Don Juan, aun se mantenia identico, fuerte como los robles, avance unas cuantas calles y de pronto lo mire, ahi estaba sentado disfrutando una taza de chcolate caliente, era el , con 10 años más su rostro con algunas arrugas,pero el mismo chico, acompañado de tres hombres mas y una chica que lo acariciaba constantemente, probablemente su novia en turno. quize ocultarme tras el grueso tronco de un árbol para evitar ser vista pero fue muy tarde levanto la mirada y me vio se paro de la mesa y dirijiendose a mi dijo:


-Bibi, wow que sorpresa tan agradable encontrarte aqui. Como estás, hace años que no te veo, pero mirate estas..... hermosa, mas de lo que recordaba.


-si hace tiempo que no, nos encontrabamos, estoy bien gracias. pero tu como estas supe que te casaste. sonrio y por un minuto se quedo en silencio, es historia pasado, me respondio.

Nos aproximanos a la mesa donde se encontraban sus amigos, me presento ante ellos como una muy querida amiga, ( una muy querida amiga, que se había olvidado de el, con dificultad recordaba sus apeidos y la casa donde vivia.) pidio una taza de chocolate tibio y dos galletas de vainilla, el sin embargo no habia olvidado mi gusto por las galletas de vainilla y que el chocolate lo bebo tibio.

No nos moveremos de aqui hasta que nos pongamos al corriente de estos años que hemos dejado de vernos. -dijo el, dicho eso comenzo a contarme de su fallido matrinonio lo feliz que lo hacian sus dos hijos, de poco a poco nos fuimos quedando solos en la pequeña mesa , las personas pasaban a nuestro alrededor y el tiempo pasaba sin darnos cuenta el reia,yo le contaba de los ultimos 10 años de mi vida, de mis días en Paris, de como extrañaba a mi abuela de mis estudios mi trabajo y mi vida , poco a poco nos fuimos quedando en silencio, el sol comenzaba a ocultarse y el me miraba fijamente, que lindo encuentro, dijo el: sabes hace tiempo que te recuerdo mucho, si no hubiese hecho más que rogar no estaríamos aquí, realmente me encanto verte de nuevo. sonrei .

- Sigues siendo el mismo adulador de siempre, le respondi, el intento tomar mi mano, inmediatamente la baje de la mesa, sonrio, y replico, y tu ya no eres la misma chica de la que me enamore eso lo persivo, te miro y recuerdo todo lo que vivimos.

(todo, para mi todo, era lo mucho que caminabamos en las calles de este pueblo, las tardes que pasabamos juntos en casa sus padres, las noches que entraba por el balcon de mi recamara escalando la pared ayudado por la hierba que crecia pegada al muro de la vieja casona, las mañanas en que el sol lo sorprendia en mi cama y tenia que salir a escondidas porque si mi padre nos pescaba no la pasariamos bien).



Conversamos durante varias horas mas , recordando lo vivido, el seguia igual no cambio nada, el mismo hombre con el que perdi mi más preciado tesoro diria mi madre, jejejje.

-lo que mas me gusta es que aun estas soltera, asi que aun tengo oportunidad de reconquistarte. dijo seguro de si. o acaso estas en una relacion.

-asi estoy soltera, y si tengo una relación. le conte de mi relacion y mi proximo viaje. levanto la ceja y respondio: vaya me suena a una historia de amor, en la que pocos se atreverian a entrar.

El pueblo estaba oscuro cuando por fin le dije que tenia que regresar a casa, porque todos me esperaban, me despedi de aquel hombre que una vez me hizo suspirar de amor por el, me deseo la mejor de las suertes en mi viaje, nos abrazamos, deseandole lo mejor en su vida, le extendi mi mano y comenze mi camino me observo mientras me alejaba, mire como se perdia en el espejo retrovisor de mi auto.

Ahi atras quedo, mi pasado y ahora al frente esta mi esperanzador futuro.

martes, 25 de agosto de 2009

Vas que vas, caminante


Defiendo mi derecho a caminar por la ciudad. Siempre he sido una caminante incansable. La violencia que se vive en la ciudad está en boca de todos, pero no por eso voy a dejar de practicar una de las actividades para mí más placenteras. Mi abuela me enseño a caminar. Todos los días, alas cinco de la tarde le ofrecía mi brazo para que iniciáramos la marcha. Ella tenía 60 años y yo 13 ó 14 años. Hemipléjica, con bastón ala Borges, mas un aparato en la pierna que la ayudaba a su movilidad, emprendíamos el paseo. Contaba los pasos e inequívocamente ponía en practica mecanizaciones para que yo las resolviera. Pero además aprovechaba los 30 minutos que duraba el paseo para contarme anécdotas de la vida de la vida cultural de sus años jóvenes. Su amor por la música su preocupación por que el menor de mis tíos prosiguiera con sus estudios pianísticos. Me enseño a observar los beneficios del buen andarín: respiración honda y acompasada, paso rítmico, brazos sueltos en movimiento pendular.
Ala vuelta de los años me he percatado de la razón que yacía en las palabras de mi abuela. Vieja sabia, veía en el arte de la caminata un gusto inveterado que a nadie le costaba cinco centavos y que habían ejercido grandes figuras del arte del sonido: Bach, Beethoven, Brahms.
El acontecimiento de caminar va de la mano de la introspección mas profunda. Se da el primer paso, se da el segundo y aquella calle va revelando sus secretos. Ese primer paso bien equivaldría ala primera línea que se lee en un libro: que de pronto el viaje se torna una experiencia hacia el centro de uno mismo. Eso es lo que me maravilla de caminar, que conforme avanzo por la calle – aun aunque se trate de una calle conocida- , avanzo en el conocimiento de mi misma. Caminar me descubre eso. Me revela matices, aspectos de mi persona que por obvios había pasado por alto, pero no solo eso: cada fachada, cada esquina, cada vecino que se atraviesa en la caminata encierra su buena dosis de imprevisibilidad; que uno la descubra depende del ejercicio de observación. Caminar me ayuda a recordar cada uno de las etapas de mi vida, recordar lo que se pierde con el paso de los años, aquello a lo que un día me negué a sentir y hoy sin aviso regresa a mi vida, siempre he tenido temor de enfrentar lo que llega a mi, la mayoría de las veces cierro los ojos y sigo mi caminata, sola, la soledad es una compañera buena pero pesa y bastante. Ahora cuando llegan las cinco de la tarde en lugar de correr ala cita con mi abuela me quedo en la oficina, esperando no estar mas tiempo sola espero la persona que acompañe mis pasos aquella la que regreso el sentimiento a mi vida, la persona que me tienda su mano y me acompañe por las calles que de niña camine con mi abuela. Mi abuela decía que en el fondo de todo escritor ahí un transeúnte un hombre que no se puede estar en paz. Quisiera caminar por calles en las que jamás he estado, que mis pies jamás han pisado, caminar por arterias que pueblan, digamos el corazón de pueblos y ciudades, tomando la cálida mano de un hombre que me sostenga cuando mis pasos tropiecen. Que nuestros pies tomen las calles. Ese es mi siguiente paso. Vas que vas, Caminante.

sábado, 22 de agosto de 2009

Esta suma debería ser igual a cero..

Otra vez aquí, esperando. Camino de la computadora ala tienda y me revuelco en el sillón en el que leo. Acaricio a mi perro y lo saco a pasear si me mira a los ojos. La sandia en el vaso de agua fresca me sonríe y dejo que me seduzca. En la casa de a lado tienen fiesta desde que inicio la epidemia de influenza. Como pocas veces, me fumo un cigarro. Ya le di dos vueltas a los periódicos. Ya vi que en la tele anunciaron tres refritos, cuatro churros y el noticiero, que es como todo lo anterior pero más decepcionante. El libro que abrí es el mismo de ayer, paginas antes. Apagué el celular pero no pude resistir: volví a encenderlo.
La lata de coca-cola de dieta que me tomé ayer me observa desde hace rato dar vueltas en el sillón, y sin hacer un gesto se lamenta más que yo por esta penumbra. Escribo una palabra y me pongo contenta porque tengo con quien platicar. Las palabras tienen forma de hombre, no importa si empiezan con te, con mar, con eme, con ne. Imprimo esa palabra al centro de una página en blanco para escuchar un ruido diferente al mío. Lo recuerdos llegan a mi mente y sonrió y muevo la cabeza. Me alegro también porque un cerillo nuevo enciende la punta roja del mi tercer cigarro. Deposito cerillos en el cenicero como sin darme cuenta, para que suceda. Y lo aprecio.
El amor tendría que sumar menos dos. El amor debería ser cualquier cosa menos la espera. El amor es todo lo que hace daño.
Escojo fruta y se pudre mientras pienso en ti. Tengo en el refrí solo pan, leche, huevos, jamón y mostaza, porque pienso en ti. Voy a mi oficina porque pienso en ti, y si ya no quiero estar allí, también. Por que te pienso me despierto en las mañanas y me visto, me cepillo el cabello y respiro. Tomo un taxi o mi auto y observo por la ventana porque estarás por allí. Llegas en cada correo electrónico, eres el único espam que aprecio y la primera foto que se carga en mi computadora.
Vuelvo a casa porque pienso en ti. Pido una pizza pues no tengo ganas de cocinar, quiebro unas nueces porque pienso en ti, pongo palomitas de maíz en el microondas porque tu nombre suena en la matraca de maíces reventando. Cierro la puerta de mi habitación despacio para no despertar a mi hermana, que llego cuando yo no estaba. Pienso en ti y agarro fuerzas para volver otra vez al sillón en el que leo, ala computadora, ala tienda, ala tele que es boba, al mismo libro de ayer, a los periódicos, a mi vida porque es una rutina porque le da método ala esperanza. Quédate quieto: deja que se nos haga tarde este día, (como ayer y antier y los días previos).
La suma de los recuerdos debería ser igual que al olvido. Pero no.

jueves, 20 de agosto de 2009

UN ENCIERRO VOLUNTARIO




Tengo un amigo que decidió alejarse de la civilización para vivir en la selva. Hace unos meses cumplió medio centenario de edad, pero acumula más de 10 años viviendo en una bahía deshabitada de las costas de Oaxaca, lugar donde obtiene sus alimentos cazando y pescando. Leobardo, además de ser un buen filósofo conserva una salud física envidiable. Acostumbra hacer escarnio de las obsesiones de los hombres urbanos que no pueden dar un paso sin autos, celulares, tarjetas y sicólogos. Cuando me hace estas observaciones evito defenderme no sólo porque se que tiene razón además porque los seres humanos no debemos jamás negar nuestros vicios. Cuando era niña nunca oculté mi amor por la ropa interior femenina, aunque en una ocasión fui obligada a devolver en público unas pantaletas de encaje divinas que mi madre se negó a comprarme. Hermoso años de felicidad. Por aquellos tiempos felices no solo fui obligada a realizar un acto tan bochornoso: también sin preguntarme fui obligada a vivir en una ciudad. Me hubiera gustado comportarme como un famoso historiador mexicano que abandonó su casa a los cinco años para irse a vivir con sus abuelos quienes al parecer tenían su casa a algunas cuadras de distancia. No guardo ningún rencor a mis padres, pero hubiera preferido vivir en el pueblo anodino sin escuelas ni caminos pavimentados. Con el paso de los años me he vuelto una mujer un poco amargada cuyo placer más apreciado consiste en atrincherarse dentro de su casa durante varios días sin responder al teléfono ni abrir la puerta a nadie. Yo me recuerdo como una joven sociable con ciertas inclinaciones humanistas e intensos deseos de convertirme en una escritora célebre. No sé bien qué ha sucedido. Pudiera ser que no soporto la calle si no llevo encima una clase de estimulante. Todos esos hombres y mujeres metidos en sus autos tocando el claxon en cualquier oportunidad me causa tanta irritación como las alarmas que aúllan durante las mañanas o las noches no existen noches apacibles. Cada vez que deseo asistir a un lugar público o voy simplemente o voy simplemente a la tienda apara avituallarme debo esperar mi turno: siempre me encuentro al final de una fila como un preso esperando su ración de comida. Las conversaciones de los otros jamás son interesantes, sin embargo debe uno escuchar ala población entera hablando por su celular a los cuatro vientos. Me imagino que no se dan cuenta de lo desagradables que resultan. Cada vez que un político hace una declaración el mundo se vuelve más miserable. ¿Cómo se le ha permitido a esos hombres acumular poder? Hace unos días leí estas líneas escritas por el húngaro Imre Kertesz: “La democracia se ha vuelto tan elástica que todo cabe dentro de ella. La democracia reacciona ala mas mínima señal de una crisis con los síntomas de la histeria de las masas y la locura política, como un enfermo que padece de paranoia senil y ya no es capaz de dar respuestas racionales a las demandas más sencillas de su entorno.” Esta ciudad ha dejado de ser un lugar habitable para mí, aunque me unan a ella mi familia y algunos amigos entrañables. Creo que la verdadera utopía contemporánea reside en el encierro voluntario. “Amiga, no viste vida/ mas dulce y bella que vivir escondida”. Hoy más que nunca este verso de Emily Dicknison toma dimensiones sociales. Emily conocía bien el peso de sus palabras pues se encerró en su casa cerca de 20 años y sus vecinos no la volvieron a ver hasta que su ataúd paso flotando frente a sus puertas. Herman Hesse no gustaba de recibir visitas en su finca de Mongolia. A las puertas de su casa un letrero anunciaba que las visitas no eran bienvenidas. Si uno franqueaba la primera puerta se encontraba con un nuevo obstáculo: un poema de Meng Hsich, cuyas primeras palabras decían: Cuando uno es viejo y su trabajo está acabado, tiene derecho, en la quietud, a trabar amistad con muerte. No necesita a los hombres. Los conoce; ya los ha visto bastante.” En noviembre pasado visité de nuevo a mi amigo Leobardo en su retiro. Bebimos mezcal y conversamos sobre algunos autores que nos interesan. Cuando llego la hora de despedirnos pensé que no tenía demasiados motivos para volver ala ciudad de Guadalajara. Me inventé varios para no tener remordimientos posteriores.
Uno siempre guarda argumentos para justificar la testarudez de sus pasos.

sábado, 15 de agosto de 2009

Cuerpo, paisaje


Puedo robar la espada, puedo echar la carne al río, puedo irme yo misma al río, puedo ser Ofelia, puedo enloquecer. Es noche, no hay luna, sólo una pequeña raja. Una mínima luna y tanta oscuridad, tanta. Negro por todos lados. Dentro fuera. Corazón de cenizas, carne quemada, un pedazo de madera que no resiste el peso, y se deja ir, hecho astillas, impegables, irreparables, nunca más el mismo leño. Raíces, anhelo tenerlas, raíces. Que vayan tan dentro, tan dentro, tan dentro que destruyen el concreto. Árboles inversos en universos alternos. Raíces, voy a ser lo que soy aunque nadie haya querido que lo sea, voy a ser lo que soy porque no tengo remedio alguno. Por inevitable, porque como un árbol, por más que lo hagan crecer derecho, tiene raíces chuecas. Tanto trate de ser buena madera, tanto quise ser caoba, negra, impenetrable, pero soy lo que soy, igual negra, pero penetrable, madera buena pero suave, soy la madera que con el agua se hablanda y sirve para hacer barcos, soy la madera que forma el arco mortífero. ¿Qué es buena madera? Ahora pregunto, años después de que Benedetti dejo de importarme, cerezo, teca, caoba, castaño… la buena madera es tan buena, que ahora se usan sólo láminas de ésta quizás eso me he vuelto, el exterior de una buena madera. ¡No! Hoy por una vez no voy a desperdiciarme. ¡No! Soy un árbol vivo, de buena madera y abundantes frutos que se mece con el viento entre los eternos cuentos que nunca mueren, de palabras que perduran, porque ahí quiero estar con ellos, los que nunca mueren. Quiero pensar que dios me acompaña, un dios benévolo, el dios del perdón, el que me quiere y me hizo, no me juzga, un dios materno besucón que me acaricia, el que hizo al mundo y luego me hizo a mi para que yo lo disfrutara, para que viera todo lo que había hecho y dijera wow. Wow las estrellas y la luna, las luciérnagas que iluminan el jardín. Wow el agua que corre por el río y los peces, los patos y sus crías. Wow el sabor de la lechuga. Gracias por el árbol y la pequeña semilla de mostaza, las uvas y el arroz. Wow y wow. El dios creador, el dios artista, que entiende la creación y destrucción, el dios que quiere que admiremos su obra, y que al igual que el artista puede destruirnos de un dedazo, por cualquier razón y mientras tanto, vivamos para bien o para mal, siendo quienes somos.

jueves, 13 de agosto de 2009

lagrimas en Puerto Vallarta....

Lo he escrito en algún momento de mi vida: la muerte se equivoca se lleva los que amamos. Sucedió con mi abuela. ¡Un año ya de su fallecimiento! Qué rápido y que terrible. La extraño mucho. La necesito. Quisiera darle un beso, acariciar su blanca cabellera. Me gustaría escuchar su voz. Me encantaría volverla a ver, como si regresara de un viaje. No se puede y es doloroso, tristísimo. Quisiera conversar con ella, hacerla participe de mi felicidad, decirle que sus palabras me dieron ánimos para seguir en busca de lo que yo creía perdido, contarle que encontré aquella luz, de la que tantas veces me hablo. La que hoy alumbra mi camino, que ya no estoy triste, que ya sonrío de nuevo. Hace un año que bese su mejilla por última vez. Hace un año que la velamos y la incineramos, y que lloro sin que nadie me vea. Hace un año que esparcimos sus cenizas en Puerto Vallarta. En aquel mar que tanto amo. Hace un año que prometimos regresar cada aniversario de su muerte a este puerto para recordarla, festejarla, agradecerle haber sido una madre estupenda, una abuela consentidora, la mejor. Con ella se confirma aquello de que como Dios no puede estar en todas partes, inventó alas madres (o viceversa: como las madres no pueden estar en todas partes inventaron a Dios). Fue una buena mujer, trabajadora, honesta, amorosa, bella, que ocultó muy bien con su sempiterna sonrisa las angustias propias de la existencia. Aun ante la proximidad de su muerte mostro una entereza que admiro y que espero copiarle algún día. Así la recuerdo con la fuerza, con esa risa, sentada fumando y escribiendo, un año después en su querido Puerto Vallarta. A pesar de que los días nublados y lluviosos parecían reflejar nuestra tristeza y también la de ella. Hay días en que recuerdo lo que me decía cada que mi mirada se perdía: Bibiana, el pasado es eso pasado, déjalo morir, no le reclames a dios por lo que sufriste, solo a los fuertes el les pone barreras que pueden vencer y tu las has vencido todas, no te derrumbes. Abuela como me hacen falta tus consejos, extraño aquellas tardes en las que sentadas en la arena del mar me contabas todas tus anecdotas, extraño tus abrazos, esos que me hacian sentor protegida. hace un año ya que una parte de mi se murio contigo te amo viejita y siempre estaras a mi lado. El domingo voy a Puerto Vallarta con la familia, a ella le gustaba preparar grandes comidas y disfrutaba vernos sentados en la mesa, disfrutando de sus guisos. Ahora comeremos y beberemos a su salud.

sábado, 8 de agosto de 2009

Recuerdos de mis dias de mochila en paris.

París era una tumba
¿Qué hice entonces en París? Nada mas que caminar como una desesperada que hay perdido el rumbo. Me gustaba desayunar en el cementerio Le Pére Lachaise, sobre una tumba tranquila, una lápida anónima que no ostentara los rimbombantes nombres de Balzac, Wilde o de Paul Éduard. Caminaba casi toda la Avenue de la République con una bolsa de papel en la mano. Dentro de la bolsa había fruta, vino y una baguette insípida, pero llenadora. Buscaba los rincones más huérfanos del cementerio y desayunaba junto a los únicos muertos que en realidad descansaban en paz: los ilustres desconocidos
Mientras bebía de mi botella me dedicaba a pensar en lo hermoso que seria estar muerta: sabía que mi alma no se mantendría impasible y que la menor provocación se pondría a merodear por todas las tumbas vecinas, sentía de mi las miradas piadosas e invisibles que me invitaban a tomarme un tiempo. Estaba en el lugar más adecuado para pensar en todo lo que nunca seria, en los hombres que jamás aceptarían ser parte de mis huesos y, sobre todo, en la brevedad de mi vida.
Fue hace ocho años. Mis piernas eran mas fuertes, mi animo el de un toro que envestía hasta su sombra. A veces continuaba hasta Vincennes, y me embriagaba en el zoológico, sola, frente ala mirada tierna de un animal que se había acostumbrado al cautiverio. En mi mochila había siempre una o dos botellas de vino barato, pero suficientes para celebrar que era pobre, que estaba en París, y que no tenia ni la menor idea de cómo habría de terminar aquella aventura. Ahora se que los viajes no son mas que un merodeo inútil alrededor de nuestro ataúd y que los muertos siempre serán una compañía mas agradable que la de cualquier ser viviente, excepto quizás por los perros y la de algunos animales que poseen el mal gusto de portarse amables con nosotros.
Por las tardes tomaba un libro y me ponía a leer en una banca del jardín de Luxembourg, el más bonito de toda la ciudad. En las noches intentaba conversar con las prostitutas que paseaban por el bosque de Boulogne, pero ya desde entonces les tenia miedo, era demasiado tímida, para acercarme a ellas y preguntarles el porque habían elegido esa vida. ¿Cuántos kilómetros caminaba diariamente? No lo sé, pero en la actualidad mis rodillas están tan maltratadas como la dentadura de un gato viejo.
Les cuento todo esto porque me acabo de soñar con las calles de París, y no me han dado ganas de llorar, ni de repetir las antiguas caminatas. He despertado como una mujer que ha escrito más de lo necesario, como un farsante que tiene un oficio, un papel que desempeñar. No he aprendido nada de la sabia voz de los muertos, que me acompañaban en mis desayunos en Le Pére Lachaise, ni tampoco de los animales que me veían tomar el cuello de la botella en el zoológico de Vincennes.
Debí dejar que parís muriera en mi memoria, pero soy terca, uno quiere volver a tener en los brazos el amor verdadero, ala ciudad misteriosa, uno quiere ganar las peleas a golpes, ¿De donde viene esta furia inútil? No lo sé pero me sueño de nuevo en la Avenue Carrete del cementerio justo frente a la tumba de Wilde, el piso cubierto de una pálida coscoja, en mi mano una botella de vino, ebria, entonces me rio, y digo: “Querido Oscar jamás descansaras en paz”.

De los cuentos que he escrito este es uno de mis preferidos:


El rajá y sus elefantes...



El rajá Abdul Mirabú coleccionaba elefantes. Era tal su pasión por los gordos animales que los tenía de todos los tamaños, de todos los colores, de todas las regiones del mundo. Tenía unos elefantes flacos provenientes de una aldea de la India; unos diminutos, de los que trajo Gulliver de Liliput. Guardaba elefantes azules, rosas, amarillos. Elefantes payasos y elefantes mendigos. Poseía elefantes tristones, elefantes enojones y elefantes bromistas que le brincaban encima ala gente se se descuidaba. Elefantes que cantaban y elefantes que sonreian. Elefantes malolientes, perfumados y golosos; en fin, toda clase de elefantes.

El día de su cumpleaños, sus súbditos acostumbraban llevarle el elefante más sorprendente que pudieran encontrar. Pero pasaban los años y el rajá Maribú miraba los elefantes de patas cuadradas y sombrero de plumas con cara de aburrimiento y pensaba "Ya lo tengo". Porque tantos elefantes poseía que muchos estabán repetidos. Sólo a los súbditos que llegaban con un elefante inusual, uno que se creyera hipopótamo o que cantara el himno nacional, el rajá les regalaba su cariño durante todo el año: les mandaba una cartita en la mañana preguntándoles cómo amanecieron, otra al mediodía para ver si habían comido bien y otra en la noche para preguntarles si su baño no estuvo demasiado frío. Sin embargo, cada vez eran menos los súbditos a quienes el rajá consentía así, pues raro era el que llegaba con un elefante raro. Sus elefantes ocupaban cada vez más espacio, al grado de que tuvo que construir un palacio igualito al suyo, sólo que más grande, para alojarlos, y últimamente ni así cabían, de modo que los apilaba unos encima de otros como en un circo.

Un día el rey decidió que ya tenía todos los elefantes de cada tipo habidos y por haber. Y tan contento estaba que olvidó avisar a sus súbditos que le regalaran algun otra cosilla, por ejemplo, tigres o camellos. De modo que el día de su cumpleaños número 50 se levantó; sus ayudantes le pusieron su manto de seda y su turbante de plumas de faisán, le cantaron "Las mañanitas" mientras desayunaba y luego lo sentaron en su trono de esmeralda para que recibiera sus regalos. Al ver alos súbditos traer elefantes grises, rosas o morados, grandes, chiquitos o plateados, el rajá penso: "Que bárbaro, ya los tengo todos". Pero como era un soberano de lo más atento. a cada uno le iba diciendo: "Es usted muy amable, conde Rifaldo (o marquesa Regulina, o labrador Hipermonio), pero no me cabe ni un elefantito más en la bodega". Y los súbditos se regresaban a sus casas con su bolsa de dulces, su pedazo de pastel y su elefante. Sin embargo, el penúltimo súbdito de la cola le ofreció un elefante que lo sorprendió: un elefantito rojo como una cereza que cabía en la mano. El sultán quedó tan encantado con el elefantito que corrió a su palacio de los elefantes a guardarlo él mismo, encima de una torre de elefantes de tonos rosas y amarillos. El inteligente elefantito, siguiendo sus indicaciones, subió y subió encima por los elefantes de la torre. Y cuando llegó arriba del último elefante, se paró sobre sus cabeza y sonrió, orgulloso.

En ese momento todos los elefantes se derrumbaron, y gracias a que son muy listos y el rajá corría rápido, a nadie le pasó nada. pero qué susto se pegaron. En medio del desorden apareció el último súbdito de la fila, que había esperado pacientemente para ofrecer su regalo al sultán. Era un mago que portaba una cajita de maderas preciosas.


-En esta cajita, oh, sultán, puedes guardar todos los elefantes y demás tesoros, pues con exclamar: "¡Vayapaya!", las cosas se vuelven diminutas y ahí caben. Y cuando las quieras sacar dices: "¡Vengapaca!", y recuperan su tamaño.


Pero el rajá se imaginó guardando tesoros en la dichosa cajita por el resto de su vida y le dio espanto. Ahí mismo, sentado en el piso y sobándose el turbante, dictó la sigueinte ley: "El rajá obsequia todos elefantes y sus tesoros alos súbditos que los quieran".

-En realidad- añadió mirando a sus sorprendidos ayudantes-, un elefante a nadie le vendrá mal.

Y en la cajita que le regalara el mago apareció un corazón de oro.

como el que tenía el rajá.


fin......

miércoles, 5 de agosto de 2009

Una promesa de felicidad ......

Lo mío es una promesa, no es de las que se lleva el viento, pues es amor verdadero esto que siento por ti.
Me das tanta tranquilidad con tu amor sin medidas que me quedo cautiva cuando me hablas de dormir aquí conmigo en este alboratado amor que se desborda de mi ser cada vez que te nombro.
Tu dulce existencia ya para mí es importante, despertarme contigo sería como tocar el cielo con la yema de mis dedos. Me gusta mucho la idea de poder ser tu almohada, sostener tu cabeza aquí en mi pecho y decirte cuánto te amo, decirte en mi mudo silencio cuánto te extraño, la falta que me hacen tus caricias....
Mi amor, mi amigo, mi compañero.
Eres todo lo que este ser sueña.
Quisiera poder llegar a ti en esta carta de amor, para que sientas cómo me pongo... cuando en bajito digo tu nombre y sientas el temblor de mis manos cuando pienso en las caricias que de ti recibiré ese día en el que nada nos detendrá, ese día que tanto soñamos, ese día, amor... será todo un arco iris este amor que por ti se desborda...
Amor de siempre,
amor de promesas cumplidas,
amor de secretos de alcobas,
¡cómo espero que llegue ese día amor mío!
( ¡cómo espero cumplir las promesas que un día hice contigo! )

estas son las letras de una soñadora que cree en el amor y la felicidad que se aproxiam a su vida , esta es una promesa de felicidad para ti Marcelo.