
Tengo un amigo que decidió alejarse de la civilización para vivir en la selva. Hace unos meses cumplió medio centenario de edad, pero acumula más de 10 años viviendo en una bahía deshabitada de las costas de Oaxaca, lugar donde obtiene sus alimentos cazando y pescando. Leobardo, además de ser un buen filósofo conserva una salud física envidiable. Acostumbra hacer escarnio de las obsesiones de los hombres urbanos que no pueden dar un paso sin autos, celulares, tarjetas y sicólogos. Cuando me hace estas observaciones evito defenderme no sólo porque se que tiene razón además porque los seres humanos no debemos jamás negar nuestros vicios. Cuando era niña nunca oculté mi amor por la ropa interior femenina, aunque en una ocasión fui obligada a devolver en público unas pantaletas de encaje divinas que mi madre se negó a comprarme. Hermoso años de felicidad. Por aquellos tiempos felices no solo fui obligada a realizar un acto tan bochornoso: también sin preguntarme fui obligada a vivir en una ciudad. Me hubiera gustado comportarme como un famoso historiador mexicano que abandonó su casa a los cinco años para irse a vivir con sus abuelos quienes al parecer tenían su casa a algunas cuadras de distancia. No guardo ningún rencor a mis padres, pero hubiera preferido vivir en el pueblo anodino sin escuelas ni caminos pavimentados. Con el paso de los años me he vuelto una mujer un poco amargada cuyo placer más apreciado consiste en atrincherarse dentro de su casa durante varios días sin responder al teléfono ni abrir la puerta a nadie. Yo me recuerdo como una joven sociable con ciertas inclinaciones humanistas e intensos deseos de convertirme en una escritora célebre. No sé bien qué ha sucedido. Pudiera ser que no soporto la calle si no llevo encima una clase de estimulante. Todos esos hombres y mujeres metidos en sus autos tocando el claxon en cualquier oportunidad me causa tanta irritación como las alarmas que aúllan durante las mañanas o las noches no existen noches apacibles. Cada vez que deseo asistir a un lugar público o voy simplemente o voy simplemente a la tienda apara avituallarme debo esperar mi turno: siempre me encuentro al final de una fila como un preso esperando su ración de comida. Las conversaciones de los otros jamás son interesantes, sin embargo debe uno escuchar ala población entera hablando por su celular a los cuatro vientos. Me imagino que no se dan cuenta de lo desagradables que resultan. Cada vez que un político hace una declaración el mundo se vuelve más miserable. ¿Cómo se le ha permitido a esos hombres acumular poder? Hace unos días leí estas líneas escritas por el húngaro Imre Kertesz: “La democracia se ha vuelto tan elástica que todo cabe dentro de ella. La democracia reacciona ala mas mínima señal de una crisis con los síntomas de la histeria de las masas y la locura política, como un enfermo que padece de paranoia senil y ya no es capaz de dar respuestas racionales a las demandas más sencillas de su entorno.” Esta ciudad ha dejado de ser un lugar habitable para mí, aunque me unan a ella mi familia y algunos amigos entrañables. Creo que la verdadera utopía contemporánea reside en el encierro voluntario. “Amiga, no viste vida/ mas dulce y bella que vivir escondida”. Hoy más que nunca este verso de Emily Dicknison toma dimensiones sociales. Emily conocía bien el peso de sus palabras pues se encerró en su casa cerca de 20 años y sus vecinos no la volvieron a ver hasta que su ataúd paso flotando frente a sus puertas. Herman Hesse no gustaba de recibir visitas en su finca de Mongolia. A las puertas de su casa un letrero anunciaba que las visitas no eran bienvenidas. Si uno franqueaba la primera puerta se encontraba con un nuevo obstáculo: un poema de Meng Hsich, cuyas primeras palabras decían: Cuando uno es viejo y su trabajo está acabado, tiene derecho, en la quietud, a trabar amistad con muerte. No necesita a los hombres. Los conoce; ya los ha visto bastante.” En noviembre pasado visité de nuevo a mi amigo Leobardo en su retiro. Bebimos mezcal y conversamos sobre algunos autores que nos interesan. Cuando llego la hora de despedirnos pensé que no tenía demasiados motivos para volver ala ciudad de Guadalajara. Me inventé varios para no tener remordimientos posteriores.
Uno siempre guarda argumentos para justificar la testarudez de sus pasos.
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