París era una tumba
¿Qué hice entonces en París? Nada mas que caminar como una desesperada que hay perdido el rumbo. Me gustaba desayunar en el cementerio Le Pére Lachaise, sobre una tumba tranquila, una lápida anónima que no ostentara los rimbombantes nombres de Balzac, Wilde o de Paul Éduard. Caminaba casi toda la Avenue de la République con una bolsa de papel en la mano. Dentro de la bolsa había fruta, vino y una baguette insípida, pero llenadora. Buscaba los rincones más huérfanos del cementerio y desayunaba junto a los únicos muertos que en realidad descansaban en paz: los ilustres desconocidos
Mientras bebía de mi botella me dedicaba a pensar en lo hermoso que seria estar muerta: sabía que mi alma no se mantendría impasible y que la menor provocación se pondría a merodear por todas las tumbas vecinas, sentía de mi las miradas piadosas e invisibles que me invitaban a tomarme un tiempo. Estaba en el lugar más adecuado para pensar en todo lo que nunca seria, en los hombres que jamás aceptarían ser parte de mis huesos y, sobre todo, en la brevedad de mi vida.
Fue hace ocho años. Mis piernas eran mas fuertes, mi animo el de un toro que envestía hasta su sombra. A veces continuaba hasta Vincennes, y me embriagaba en el zoológico, sola, frente ala mirada tierna de un animal que se había acostumbrado al cautiverio. En mi mochila había siempre una o dos botellas de vino barato, pero suficientes para celebrar que era pobre, que estaba en París, y que no tenia ni la menor idea de cómo habría de terminar aquella aventura. Ahora se que los viajes no son mas que un merodeo inútil alrededor de nuestro ataúd y que los muertos siempre serán una compañía mas agradable que la de cualquier ser viviente, excepto quizás por los perros y la de algunos animales que poseen el mal gusto de portarse amables con nosotros.
Por las tardes tomaba un libro y me ponía a leer en una banca del jardín de Luxembourg, el más bonito de toda la ciudad. En las noches intentaba conversar con las prostitutas que paseaban por el bosque de Boulogne, pero ya desde entonces les tenia miedo, era demasiado tímida, para acercarme a ellas y preguntarles el porque habían elegido esa vida. ¿Cuántos kilómetros caminaba diariamente? No lo sé, pero en la actualidad mis rodillas están tan maltratadas como la dentadura de un gato viejo.
Les cuento todo esto porque me acabo de soñar con las calles de París, y no me han dado ganas de llorar, ni de repetir las antiguas caminatas. He despertado como una mujer que ha escrito más de lo necesario, como un farsante que tiene un oficio, un papel que desempeñar. No he aprendido nada de la sabia voz de los muertos, que me acompañaban en mis desayunos en Le Pére Lachaise, ni tampoco de los animales que me veían tomar el cuello de la botella en el zoológico de Vincennes.
Debí dejar que parís muriera en mi memoria, pero soy terca, uno quiere volver a tener en los brazos el amor verdadero, ala ciudad misteriosa, uno quiere ganar las peleas a golpes, ¿De donde viene esta furia inútil? No lo sé pero me sueño de nuevo en la Avenue Carrete del cementerio justo frente a la tumba de Wilde, el piso cubierto de una pálida coscoja, en mi mano una botella de vino, ebria, entonces me rio, y digo: “Querido Oscar jamás descansaras en paz”.
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