sábado, 8 de agosto de 2009

De los cuentos que he escrito este es uno de mis preferidos:


El rajá y sus elefantes...



El rajá Abdul Mirabú coleccionaba elefantes. Era tal su pasión por los gordos animales que los tenía de todos los tamaños, de todos los colores, de todas las regiones del mundo. Tenía unos elefantes flacos provenientes de una aldea de la India; unos diminutos, de los que trajo Gulliver de Liliput. Guardaba elefantes azules, rosas, amarillos. Elefantes payasos y elefantes mendigos. Poseía elefantes tristones, elefantes enojones y elefantes bromistas que le brincaban encima ala gente se se descuidaba. Elefantes que cantaban y elefantes que sonreian. Elefantes malolientes, perfumados y golosos; en fin, toda clase de elefantes.

El día de su cumpleaños, sus súbditos acostumbraban llevarle el elefante más sorprendente que pudieran encontrar. Pero pasaban los años y el rajá Maribú miraba los elefantes de patas cuadradas y sombrero de plumas con cara de aburrimiento y pensaba "Ya lo tengo". Porque tantos elefantes poseía que muchos estabán repetidos. Sólo a los súbditos que llegaban con un elefante inusual, uno que se creyera hipopótamo o que cantara el himno nacional, el rajá les regalaba su cariño durante todo el año: les mandaba una cartita en la mañana preguntándoles cómo amanecieron, otra al mediodía para ver si habían comido bien y otra en la noche para preguntarles si su baño no estuvo demasiado frío. Sin embargo, cada vez eran menos los súbditos a quienes el rajá consentía así, pues raro era el que llegaba con un elefante raro. Sus elefantes ocupaban cada vez más espacio, al grado de que tuvo que construir un palacio igualito al suyo, sólo que más grande, para alojarlos, y últimamente ni así cabían, de modo que los apilaba unos encima de otros como en un circo.

Un día el rey decidió que ya tenía todos los elefantes de cada tipo habidos y por haber. Y tan contento estaba que olvidó avisar a sus súbditos que le regalaran algun otra cosilla, por ejemplo, tigres o camellos. De modo que el día de su cumpleaños número 50 se levantó; sus ayudantes le pusieron su manto de seda y su turbante de plumas de faisán, le cantaron "Las mañanitas" mientras desayunaba y luego lo sentaron en su trono de esmeralda para que recibiera sus regalos. Al ver alos súbditos traer elefantes grises, rosas o morados, grandes, chiquitos o plateados, el rajá penso: "Que bárbaro, ya los tengo todos". Pero como era un soberano de lo más atento. a cada uno le iba diciendo: "Es usted muy amable, conde Rifaldo (o marquesa Regulina, o labrador Hipermonio), pero no me cabe ni un elefantito más en la bodega". Y los súbditos se regresaban a sus casas con su bolsa de dulces, su pedazo de pastel y su elefante. Sin embargo, el penúltimo súbdito de la cola le ofreció un elefante que lo sorprendió: un elefantito rojo como una cereza que cabía en la mano. El sultán quedó tan encantado con el elefantito que corrió a su palacio de los elefantes a guardarlo él mismo, encima de una torre de elefantes de tonos rosas y amarillos. El inteligente elefantito, siguiendo sus indicaciones, subió y subió encima por los elefantes de la torre. Y cuando llegó arriba del último elefante, se paró sobre sus cabeza y sonrió, orgulloso.

En ese momento todos los elefantes se derrumbaron, y gracias a que son muy listos y el rajá corría rápido, a nadie le pasó nada. pero qué susto se pegaron. En medio del desorden apareció el último súbdito de la fila, que había esperado pacientemente para ofrecer su regalo al sultán. Era un mago que portaba una cajita de maderas preciosas.


-En esta cajita, oh, sultán, puedes guardar todos los elefantes y demás tesoros, pues con exclamar: "¡Vayapaya!", las cosas se vuelven diminutas y ahí caben. Y cuando las quieras sacar dices: "¡Vengapaca!", y recuperan su tamaño.


Pero el rajá se imaginó guardando tesoros en la dichosa cajita por el resto de su vida y le dio espanto. Ahí mismo, sentado en el piso y sobándose el turbante, dictó la sigueinte ley: "El rajá obsequia todos elefantes y sus tesoros alos súbditos que los quieran".

-En realidad- añadió mirando a sus sorprendidos ayudantes-, un elefante a nadie le vendrá mal.

Y en la cajita que le regalara el mago apareció un corazón de oro.

como el que tenía el rajá.


fin......

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