
Defiendo mi derecho a caminar por la ciudad. Siempre he sido una caminante incansable. La violencia que se vive en la ciudad está en boca de todos, pero no por eso voy a dejar de practicar una de las actividades para mí más placenteras. Mi abuela me enseño a caminar. Todos los días, alas cinco de la tarde le ofrecía mi brazo para que iniciáramos la marcha. Ella tenía 60 años y yo 13 ó 14 años. Hemipléjica, con bastón ala Borges, mas un aparato en la pierna que la ayudaba a su movilidad, emprendíamos el paseo. Contaba los pasos e inequívocamente ponía en practica mecanizaciones para que yo las resolviera. Pero además aprovechaba los 30 minutos que duraba el paseo para contarme anécdotas de la vida de la vida cultural de sus años jóvenes. Su amor por la música su preocupación por que el menor de mis tíos prosiguiera con sus estudios pianísticos. Me enseño a observar los beneficios del buen andarín: respiración honda y acompasada, paso rítmico, brazos sueltos en movimiento pendular.
Ala vuelta de los años me he percatado de la razón que yacía en las palabras de mi abuela. Vieja sabia, veía en el arte de la caminata un gusto inveterado que a nadie le costaba cinco centavos y que habían ejercido grandes figuras del arte del sonido: Bach, Beethoven, Brahms.
El acontecimiento de caminar va de la mano de la introspección mas profunda. Se da el primer paso, se da el segundo y aquella calle va revelando sus secretos. Ese primer paso bien equivaldría ala primera línea que se lee en un libro: que de pronto el viaje se torna una experiencia hacia el centro de uno mismo. Eso es lo que me maravilla de caminar, que conforme avanzo por la calle – aun aunque se trate de una calle conocida- , avanzo en el conocimiento de mi misma. Caminar me descubre eso. Me revela matices, aspectos de mi persona que por obvios había pasado por alto, pero no solo eso: cada fachada, cada esquina, cada vecino que se atraviesa en la caminata encierra su buena dosis de imprevisibilidad; que uno la descubra depende del ejercicio de observación. Caminar me ayuda a recordar cada uno de las etapas de mi vida, recordar lo que se pierde con el paso de los años, aquello a lo que un día me negué a sentir y hoy sin aviso regresa a mi vida, siempre he tenido temor de enfrentar lo que llega a mi, la mayoría de las veces cierro los ojos y sigo mi caminata, sola, la soledad es una compañera buena pero pesa y bastante. Ahora cuando llegan las cinco de la tarde en lugar de correr ala cita con mi abuela me quedo en la oficina, esperando no estar mas tiempo sola espero la persona que acompañe mis pasos aquella la que regreso el sentimiento a mi vida, la persona que me tienda su mano y me acompañe por las calles que de niña camine con mi abuela. Mi abuela decía que en el fondo de todo escritor ahí un transeúnte un hombre que no se puede estar en paz. Quisiera caminar por calles en las que jamás he estado, que mis pies jamás han pisado, caminar por arterias que pueblan, digamos el corazón de pueblos y ciudades, tomando la cálida mano de un hombre que me sostenga cuando mis pasos tropiecen. Que nuestros pies tomen las calles. Ese es mi siguiente paso. Vas que vas, Caminante.
Ala vuelta de los años me he percatado de la razón que yacía en las palabras de mi abuela. Vieja sabia, veía en el arte de la caminata un gusto inveterado que a nadie le costaba cinco centavos y que habían ejercido grandes figuras del arte del sonido: Bach, Beethoven, Brahms.
El acontecimiento de caminar va de la mano de la introspección mas profunda. Se da el primer paso, se da el segundo y aquella calle va revelando sus secretos. Ese primer paso bien equivaldría ala primera línea que se lee en un libro: que de pronto el viaje se torna una experiencia hacia el centro de uno mismo. Eso es lo que me maravilla de caminar, que conforme avanzo por la calle – aun aunque se trate de una calle conocida- , avanzo en el conocimiento de mi misma. Caminar me descubre eso. Me revela matices, aspectos de mi persona que por obvios había pasado por alto, pero no solo eso: cada fachada, cada esquina, cada vecino que se atraviesa en la caminata encierra su buena dosis de imprevisibilidad; que uno la descubra depende del ejercicio de observación. Caminar me ayuda a recordar cada uno de las etapas de mi vida, recordar lo que se pierde con el paso de los años, aquello a lo que un día me negué a sentir y hoy sin aviso regresa a mi vida, siempre he tenido temor de enfrentar lo que llega a mi, la mayoría de las veces cierro los ojos y sigo mi caminata, sola, la soledad es una compañera buena pero pesa y bastante. Ahora cuando llegan las cinco de la tarde en lugar de correr ala cita con mi abuela me quedo en la oficina, esperando no estar mas tiempo sola espero la persona que acompañe mis pasos aquella la que regreso el sentimiento a mi vida, la persona que me tienda su mano y me acompañe por las calles que de niña camine con mi abuela. Mi abuela decía que en el fondo de todo escritor ahí un transeúnte un hombre que no se puede estar en paz. Quisiera caminar por calles en las que jamás he estado, que mis pies jamás han pisado, caminar por arterias que pueblan, digamos el corazón de pueblos y ciudades, tomando la cálida mano de un hombre que me sostenga cuando mis pasos tropiecen. Que nuestros pies tomen las calles. Ese es mi siguiente paso. Vas que vas, Caminante.
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