Pétrea incrustación resolvedora.
Paz que lucha minuto tras minuto
bajo un sol que escalda
en sus propios reflejos,
y el lugar es la brasa predecible
enquistada en un núcleo
donde se ajusta un manto de aridez y presagio.
Villorrio que se embute displicente,
a expensas de un contraste que nunca se dará.
Quienes viven deseosos de que nada se altere,
despiden con honores a los que huyen de allí.
La Terquedad se llama este punto extraviado.
Guarda el aferramiento una suerte de engarce
con el sol y la luna.
Antigüedad que aspira a un fortuito contraste:
testimonio de estrellas y de nubes:
aporte ajado al sesgo
que no propende a alguna recreación.
Nada es extraordinario en la aridez,
pero todo es intrínseco a lo que sea
refuerzo de una idea vagarosa
que ala buena del aire se curta y se abrillante.
Queda lo que se junta: balido, cantinelas, trizas espirituales
de un lenguaje que roza, se raja y se alancea.
Queda como proclama la muerte
que pervive entre las sombras:
un montón de fantasmas que mascullan,
unas luces que sellan su languidez perpetua
y una hierba profusa que revela secretos.
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