domingo, 20 de diciembre de 2009

mis quesadillas y Cien años de soledad....

Estoy en el la cocina de mi casa. Estoy preparándome
una quesadilla con asadero de Villa
Ahumada, Chihuahua.
Me siento en el comedor, mientras se derrite
el queso a fuego lento, veo un montón de libros
y papeles, en la mesa, propiedad de mi hermana, que
cumplió, hace unos meses, 21 años.
Los empiezo a hojear y de pronto descubro
el libro Cien años de soledad. Recuerdo que se lo
regalé, a mi hermana, hace dos años. Y hace días me
avisó que lo estaba leyendo de nuevo.
Ya está mi quesadilla.
La cuarta y última vez que leí Cien años de
soledad fue en el año 2000. La primera fue hace
13 años, tenía 17 cumplidos y todavía no era tan aficionada a la lectura.
Agarro de nuevo el libro y pienso: “No he
vuelto al leer Cien años de soledad después de salir del
colegio … voy a leerlo de nuevo”.

“Muchos años después, frente al pelotón de
fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había
de recordar aquella tarde remota en que su padre
lo llevó a conocer el hielo”.
Cierro los ojos y busco en mi resquebrajado cerebro
algunas viejas voces conocidas… La de Melquíades,
Úrsula y la voz que le di al propio José Arcadio
Buendía (después de cuatro leídas en 13 años…).
Y me doy cuenta de que se me han extraviado.
Devoro mi quesadilla, me cambio al sillón
grande y cómodo de la sala, prendo la calefacción,
me instalo y decido ir en busca de Macondo.


“La ciencia ha eliminado las distancias”, pregonaba
Melquíades. “Dentro de poco, el hombre
podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la
tierra, sin moverse de su casa”.
Me paro en seco. Pienso de inmediato en internet
y las herramientas de Google.
Cierro el libro, me doy cuenta de que estoy
de nuevo frente a un novela visionaria y mágica.
Y con tristeza calculo que mi cerebro no está listo
para entrar en Macondo. Está demasiado débil para
empresa tan mágica.
Dejo el libro donde estaba, entre los papeles
de mi hermana que están sobre la mesa del comedor.
Me preparo un café y sigo pensando. Lo siento,
pero no estoy lista…
En eso llega Eli, me dirije una mirada y me pregunta:
“¿Qué haces?”. Un café, respondo. Se va directo
a la montaña de papeles, saca Cien años de
soledad y me dice: “Mira, lo volví a empezar a leer,
quiero ver si ahora sí agarro la onda”.
Yo creo que ya tienes edad, le digo. Y me voy a mi recámara a disfrutar de mi cafe
y buscar el rostro que esta en mi corazón.

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